La estación terminal de trenes lleva por nombre una fecha cuya significación pocos conocen. La confusión se incrementa porque coincide con el Día del Maestro. Pero se trata de otra cosa. Ese día en 1852, Buenos Aires se sublevó contra una Nación Argentina que empezaba a organizarse, porque no quería ceder las rentas de la Aduana porteña. En homenaje a ese hecho se nominó el predio.
El Once, como se lo conoce, además de nombre de una estación, es posiblemente el mayor centro comercial de esta parte del mundo. Centenares de comercios se amontonan en las inmediaciones de la vieja terminal ferroviaria y pueblan manzanas que se estiran hacia el centro por la Av. Corrientes, principalmente. Es una vecindad de colectividades que marcaron la historia porteña. Pero también es una estación, ubicada a la vera de una plaza vinculada desde el principio de la historia a las jornadas más significativas de Buenos Aires.
La Plaza Miserere reúne dos símbolos de los esfuerzos de los porteños más acaudalados por hacer prevaler a la ciudad sobre el resto de las provincias y por imponer desde el puerto las reglas de la organización nacional. Por un lado, el Mausoleo de Rivadavia, al costado de la avenida a la que da su nombre en perpetuo homenaje. Por el otro, la estación de trenes, cuyo designación reivindica la acción sediciosa de los porteños contra los esfuerzos federales de Urquiza.
Un breve relato de los hechos que sucedieron después de la derrota de Rosas en Caseros, pondrá en evidencia las intenciones de los autores de ambos homenajes. Intenciones que permanecen vivas entre nosotros, en la medida que se naturalizaron los nombres que ellos decidieron para plazas y calles.
Durante los primeros días posteriores a la derrota de Rosas en Caseros, la preeminencia de Urquiza fue aceptada por todos en Buenos Aires, unitarios y federales. Urquiza nombró gobernador interino a Vicente López y Planes y una alianza entre unitarios y federales, simbolizada especialmente por la participación en el gabinete del líder unitario, Valentín Alsina, ejerció el gobierno provincial.
El 11 de Abril, Urquiza llamó a elecciones para integrar la Sala de Representantes. Los comicios dieron la victoria a los sectores unitarios, que de todos modos votaron gobernador titular al mismo López el 1 de Mayo. Pocos días después, el 31 de Mayo, en San Nicolás los gobernadores de todas las provincias firmaron un acuerdo por el que se llamaba a un Congreso, formado por dos diputados de cada provincia, para sancionar una constitución nacional.
En Buenos Aires, la noticia del Acuerdo de San Nicolás provocó la reacción de los sectores más recalcitrantes del unitarismo. En la Sala de Representantes, Bartolomé Mitre pronunció una serie de discursos rechazando el Acuerdo, con la excusa de que el gobernador no había tenido autorización de la Sala para firmarlo y de que las atribuciones asignadas al Director Provisorio eran dictatoriales. Urquiza reaccionó enérgicamente y disolvió la Sala de Representantes, asumiendo el Poder Ejecutivo. También cerró varios de los periódicos opositores, y expulsó del territorio a los dirigentes más exaltados, incluyendo a Alsina, Mitre y Sarmiento.
El 8 de Septiembre, confiado en su poder, Urquiza partió hacia Santa Fe, para inaugurar las sesiones del Congreso Constituyente. Tres días después se reunió nuevamente la Sala de Representantes que él había ordenado disolver, y eligió gobernador interino al general Pinto, mientras las tropas apostadas por Urquiza en la ciudad eran pagadas con un adelanto de varios meses de sueldo, además de una suma adicional. Unos días más tarde, una ley provincial acordaba premios monetarios y ascensos en el escalafón a los militares implicados en la revolución.
La separación de Buenos Aires de la Confederación Argentina duró casi diez años, tiempo durante el cual la ciudad continuó recibiendo los beneficios que pagaban las mercaderías extranjeras al pasar por la aduana, sin aportar ningún ingreso a la Nación. Esa es nuestra historia. Y el origen del nombre de nuestra estación. |